La historia del Canto Gregoriano y la historia de la Iglesia se han desarrollado por caminos paralelos. Muchas de las formas litúrgicas del incipiente cristianismo tienen sus deudas contraídas con la tradición judía y lo mismo ocurre con sus músicas. Todavía hoy es posible escuchar sonoridades de la sinagoga que son familiares a nuestros oídos. El hazan (cantor) judío al recitar la Torah continúa una tradición que muy bien podría haber sido el origen del canto cristiano en Occidente. Parece música, pero no lo es. Es algo a medio camino entre el hablar y el cantar: su término técnico es la cantilación. Sabemos que esto era así por testimonios de algunos Santos Padres como san Agustín. Su espíritu se debatía entre el deleite de las melodías que escuchaba en la iglesia, y su razón que intentaba no emocionarse con el canto, sino con aquello que se canta. Para huir de ese peligro para el alma el santo de Hipona es tajante: “Otras veces…quisiera apartar de mis oídos y de la misma iglesia toda melodía de los cánticos suaves con que se suele cantar el salterio de David, pareciéndome más seguro lo que recuerdo haber oído decir muchas veces al obispo de Alejandría Atanasio, quien hacía que el lector cantase los salmos con tan débil inflexión de voz que pareciese más recitarlos que cantarlos”. (Confesiones X, 33, 50)

La cantilación tiene sus propias leyes unidas al idioma al que intenta embellecer: la acentuación es una de ellas. Como decía Cicerón en el latín existe un canto escondido (cantus obscurior) que hace que unas sílabas seán más agudas que otras. En nuestras lenguas mediterráneas esto es obvio. La puntuación realza el fraseo textual jerarquizando las distintas pausas y concluyendo generalmente en el grave. Por fin, el jubilus o melisma, que el ya citado Agustín define como canto sin palabras, cuando no se encuentran las mismas para expresar toda la grandeza de lo que se está intentando expresar: “He de decir lo que sabeis: qui iubilat, el que se regocija, no pronuncia palabras, sino que lanza un sonido de alegría sin palabras” (Ennarrationes in psalmos. Ps. 99).

La unión de estos tres procedimientos de una manera inteligente y distinta según las regiones va a dar lugar al nacimiento de una serie de repertorios litúrgicos que se van a desarrollar siglos antes del nacimiento del canto gregoriano propiamente dicho: en el norte de Italia el repertorio ambrosiano o milanés, en el área de la metrópoli romana el canto y liturgia romana-antigua y en el sur el rito beneventano. En la Galia uno o más cantos galicanos, en Hispania un rito hispánico o hispano-visigótico (mozárabe), en Africa un rito africano, y la multitud de derivaciones orientales del cristianismo que todavía hoy presentan comunidades vivas y entusiastas de sus tradiciones agrupadas en dos grandes grupos: el sirio y el alejandrino.

Es en este contexto tan diversificado en el que emerge la figura clave de san Gregorio, no como compositor, sino como aglutinador y liturgista, capaz de reformar y ordenar, de crear grupos de expertos en el canto, proporcionarles un lugar de reunión y probablemente dotarlos de unos estatutos de funcionamiento. Surge así la Schola Cantorum, primera reunión de expertos musicales que va a dedicar todo su tiempo a la labor de estudio y composición musical. Por un lado va a retomar antiguos cantos y los va a transformar en un estilo más elaborado. Algunas de estas sencillas melodías de forma responsorial se convertirán en desarrollados cantos interleccionales o en melismáticos cantos de ofrendas. Por otro va a componer cantos nuevos: la entrada de los celebrantes (que después conoceremos como introitos) y los cantos de comunión. Por lo que podemos saber, san Gregorio no tiene parte activa en la composición, sino más bien en la ordenación y codificación. Es ese grupo de expertos, la Schola, quien se va a encargar de esas labores. Más tarde y por razones de difusión, algunos de los biógrafos del santo papa benedictino contribuyeron a difundir la leyenda de que él había sido el compositor del repertorio, y empezó a conocerse como el Canto Gregoriano.

San Agustín. Antonello da Messina (1430-1479)
San Gregorio. Antonello da Messina (1430-1479)